Dinorah Pesqueira

Hace algunos años, acompañé a una amiga a comprar un regalo para su sobrino recién nacido. En cierta tienda departamental, entre accesorios para bebé, presencié la siguiente escena:

—Señorita ¿me puede mostrar esa carreola roja, por favor?

—Claro que sí, con mucho gusto. Es la única que nos queda de este modelo.

—Ah, no. Yo quiero una en caja cerrada, no la de exhibición.

—Nos llegaron nuevos modelos. Hay carriolas de varios tamaños, en colores muy modernos, con telas que se pueden lavar con facilidad y tienen piezas desmontables. Son mejores que la que le gustó. ¿Quiere que se las muestre?

—Sí, muchas gracias.

Mientras caminábamos hacia los otros modelos, mi amiga me dijo en voz muy baja.

—Yo creo que si su trabajo es vender carreolas, por lo menos debería pronunciar bien. ¿Te fijaste? ¡Dice carriolas!

Por supuesto que lo noté. El comentario de mi amiga me…

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